La experiencia del Foro USA-RD demuestra que los independientes no pueden iniciar un proceso unitario para luego quedar fuera de él: deben integrarse, asumir responsabilidades y construir una pertenencia política.
Por Felipe Lora Longo
En la izquierda dominicana hay un número considerable de compañeros y compañeras que se consideran revolucionarios, socialistas o progresistas, pero que actualmente no pertenecen a ninguna organización.
Muchos tienen razones legítimas para ello. Algunos provienen de experiencias frustrantes, del sectarismo, de disputas internas o de organizaciones que dejaron de representar sus expectativas.
Pero una cosa es ser temporalmente independiente y otra convertir esa condición en una estrategia permanente.
He sostenido antes que ser independiente no es una estrategia. Y lo sigo creyendo.
El proceso unitario también es para los independientes
Cuando hablamos de unidad, existe el peligro de imaginar una mesa compuesta únicamente por organizaciones, mientras que los independientes observan desde el exterior o participan de forma ocasional.
Ese modelo sería insuficiente.
La unidad que necesitamos no puede limitarse a reunir siglas. También debe organizar a quienes hoy están dispersos.
Los independientes deben participar en las luchas, trabajar en las comunidades, asumir tareas, formarse, aportar conocimientos y ayudar a construir las nuevas estructuras que surjan del proceso.
La pregunta para ellos debe ser la misma que formulamos a las organizaciones:
¿Qué puedes aportar?
- Tiempo.
- Experiencia.
- Conocimientos.
- Recursos.
- Capacidad de comunicación.
- Trabajo comunitario.
- Formación de nuevos cuadros.
Pero también hay otra pregunta:
¿Estás dispuesto a asumir la responsabilidad colectiva?
Porque opinar, criticar y apoyar ocasionalmente no basta para construir poder.
Una experiencia que no debemos repetir
El proyecto Foro USA-RD dejó una lección importante.
Los independientes fueron, en gran medida, quienes iniciaron aquel esfuerzo. Sin embargo, a medida que avanzó el proceso y se incorporaron organizaciones, los independientes fueron quedando cada vez más aislados.
En su etapa final, su presencia era prácticamente nula.
Al mismo tiempo, cuando llegó el momento de que las organizaciones participantes asumieran una mayor responsabilidad en la conducción, muchas optaron por la salida más cómoda: que quienes venían organizando continuaran preparando y dirigiendo los encuentros.
Para entonces, paradójicamente, ya no quedaba un solo independiente en esa conducción.
La lección es clara:
Los independientes no pueden desaparecer a medida que avanza la unidad, y las organizaciones no pueden esperar que otros construyan por ellas lo que todos dicen querer construir.
En un nuevo proceso, los independientes deben integrarse progresivamente y las organizaciones deben asumir responsabilidades concretas.
Nadie debe ser indispensable.
Y nadie debe ser decorativo.
Ser independiente puede ser el comienzo, no el final
Nadie debe ser obligado a ingresar a una organización con la que no comparte principios o métodos.
Pero una fuerza capaz de disputar el poder necesita personas organizadas, con responsabilidades, derechos y deberes, y con mecanismos colectivos de toma de decisiones.
Por eso, debemos distinguir entre la independencia de pensamiento y la independencia organizativa permanente.
La primera debe preservarse.
La segunda debe ir desapareciendo a medida que se construye una nueva pertenencia política.
Una futura fuerza unitaria no debería ser simplemente la suma de varias organizaciones más una categoría permanente llamada “independientes”.
Si el proceso funciona, muchos independientes participarán en decisiones, asumirán tareas, trabajarán en comunidades y formarán parte de las estructuras comunes.
Llegará un momento en que dejarán de ser políticamente independientes.
No porque hayan perdido su pensamiento crítico, sino porque habrán encontrado una nueva casa política.
Una fuerza más grande que las organizaciones actuales
La unidad que necesitamos debe ser capaz de incorporar no solo a los militantes existentes, sino también a miles de ciudadanos que hoy no pertenecen a ninguna organización.
Entre ellos están los revolucionarios independientes, pero también jóvenes, trabajadores, profesionales, campesinos, dirigentes comunitarios y personas que nunca han militado en la izquierda, aunque estén convencidas de que otra nación es posible.
Por eso:
Ser independiente puede ser el punto de entrada. No debe ser el punto de llegada.
El objetivo no es conservar una categoría de independientes dentro de la futura unidad.
Es convertir a personas dispersas en participantes organizados en un proyecto colectivo de transformación nacional.
Y esa tarea debe comenzar desde ahora.
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