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Carta Desde el Exilio a la Izquierda Dominicana

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1975

Testimonio de un dominicano exiliado por la miseria

Por un dominicano más, de los que el sistema quiso borrar.
Para Revista Dominicana

A los compañeros del Movimiento Revolucionario Dominicano:

Mi nombre no importa. Como yo, hay cientos de miles.

Fui uno más de esos jóvenes que crecieron entre el polvo de los callejones de Capotillo, Los Guandules, La Ciénaga… donde el sol no calienta, sino que quema; donde el único viento que sopla es el de las motoconchas apuradas y los gritos de las madres desesperadas; donde los niños aprenden a contar, no con números, sino con los días que llevan sin comer.

Yo también fui uno de esos que dejó de soñar. No por falta de ganas, sino porque el sistema nos roba hasta los sueños. En mi barrio, la única universidad era la calle, y el único título que se obtenía era el de sobreviviente.

Recuerdo las tardes eternas bajo los apagones, cuando el calor se volvía otro enemigo. Recuerdo las promesas de los políticos, que llegaban cada cuatro años con camisetas nuevas y discursos viejos. Recuerdo a los pastores que nos decían que la pobreza era una “prueba de fe”, mientras sus iglesias se llenaban de oro y nosotros de hambre.

Y entonces llegó el día en que la desesperación le ganó al miedo.

Fue una madrugada sin luna, como si el cielo mismo tuviera vergüenza de lo que estaba por pasar. Me subí a una yola con el corazón en la garganta, mirando hacia atrás por última vez, hacia esa tierra que me vio nacer pero que nunca me quiso. El mar era negro, infinito, como el futuro que dejaba atrás. No sabía nadar, pero sabía que quedarse era morir. Preferí ahogarme en el mar que en la miseria.

El viaje fue una pesadilla. El agua salada se mezclaba con el sudor y los vómitos. Los gritos de los otros, el miedo de que la Guardia Costera nos encontrara, el terror de que el mar nos tragara. Pero lo peor no fue el viaje… lo peor fue llegar.

Puerto Rico me recibió con indiferencia. Dormí en parques, comí de la basura, trabajé en lo que fuera. Me volví invisible, un fantasma con documentos falsos y un acento que trataba de esconder. Después llegó Nueva York, donde el invierno no solo congela los huesos, sino también el alma. Aquí, cada sirena de policía me hace encogerme. Cada mirada de desprecio me recuerda que soy un intruso en esta tierra, como lo fui en la mía.

Y es desde aquí, desde este frío y este miedo que me despierta de noche, que me atrevo a preguntarles:

¿Dónde estaban ustedes?
¿Dónde estaban cuando mi barrio se desmoronaba como un castillo de arena?
¿Dónde estaban cuando yo, con mis 17 años y mis zapatos rotos, buscaba algo en qué creer?
¿Dónde estaban cuando los únicos que me hablaban eran los narcos ofreciéndome “trabajo fácil” o los evangélicos diciéndome que mi sufrimiento era “voluntad de Dios”?
¿Dónde estaban cuando mi madre lloraba por no poder pagar la luz, o cuando el colmado nos fiaba con desgana?

Ustedes, que hablan de revolución… nunca vinieron a mi esquina.
Nunca me hablaron de lucha.
Nunca me hablaron de esperanza colectiva.

Nadie vino. Nadie me dijo que la pobreza no era mi culpa, que el hambre era un crimen planificado, que los ricos se llenaban los bolsillos mientras nosotros nos ahogábamos en deudas. Nadie me enseñó que podíamos luchar.

Y ahora estoy aquí, enviando remesas para que mi madre no se muera de hambre, y manteniendo vivo al mismo sistema que me escupió.

Sí, tengo rabia. Pero también tengo esperanza.

Por eso les digo: si de verdad quieren cambiar algo, no esperen más.
Vayan a los barrios marginados, a los motoconchos, a las esquinas donde los jóvenes se pierden en la droga porque nadie les dio otra opción. Háblenles antes de que el mar se los trague.
Vayan a buscarlos. No esperen a que se ahoguen. No esperen a que huyan.

Escuchen. Abracen. Organícense con ellos. Llévenles una idea, una bandera, una causa para soñar, para luchar. Y les prometo que esos que no pudieron irse, los olvidados, son tierra fértil para algo más que dólares. Con un poco de atención, pueden convertirse en líderes, en conciencia, en movimiento.

Porque si a mí me hubieran dicho que había otra manera, quizás hoy no estaría aquí, escondiéndome de la Gestapo de Trump, soñando con un país que nunca me dio nada.

Con dolor, pero también con esperanza,


Un dominicano que aún sueña con su pueblo de pie.
Un dominicano más, de los que el sistema quiso borrar.

9 de junio del 2025.

Nota del autor:
Esta carta y el personaje que la escribe son ficticios. Sin embargo, el dolor, la rabia y la esperanza que expresa son profundamente reales.

He escrito este testimonio como una herramienta para provocar reflexión y acción dentro de los espacios de la izquierda dominicana. Millones de jóvenes marginados viven hoy en condiciones similares a las descritas aquí. Como revolucionarios, no podemos seguir ignorando ese terreno fértil. Es precisamente en esos barrios olvidados donde debe comenzar la verdadera labor de educación política, organización popular y siembra de conciencia.

Que esta carta sea una llamada a organizar antes de que tengan que huir.

Felipe Lora Longo