Abinader va a Dubái a ofrecer a República Dominicana como plataforma segura para el capital global, bajo el discurso de innovación y sostenibilidad, sin tocar las causas estructurales del empobrecimiento y la dependencia.
Por Felipe Lora Longo
Revista Dominicana
Mientras millones de dominicanos enfrentan precios desbordados, salarios estancados y servicios públicos colapsados, el presidente Luis Abinader viaja a Dubái para participar en la Cumbre Mundial de Gobiernos 2026, un escenario que no es otra cosa que un mercado de legitimación para el capital global. Allí no se discute justicia social ni soberanía económica; se premia a los gobiernos que entregan el país en bandeja de plata, aumentando la deuda externa a niveles históricos y concediendo nuestros recursos naturales —agua, minerales, energía— a empresas extranjeras, mientras la población recibe solo precariedad y exclusión.
Abinader no representa al pueblo; representa al mercado internacional, y lo hace bajo un lenguaje cuidadosamente fabricado: “innovación”, “sostenibilidad”, “transformación económica”. Palabras vacías que, traducidas al español real, significan más endeudamiento, más privatización y más explotación de nuestros recursos y trabajadores.
Que el ministro de Hacienda acompañe la comitiva no es casualidad: la agenda de esta cumbre no es diálogo ni cooperación, sino disciplinar la economía dominicana a los dictados del capital global, consolidando un modelo donde los intereses de los inversionistas siempre pesan más que los derechos de las mayorías. Mientras él sonríe en Dubái, aquí se estrangula al pueblo con impuestos, tarifas y precariedad.
Esta visita confirma lo que muchos ya sabían: el gobierno de Abinader no tiene proyecto nacional, no busca desarrollo soberano ni transformación social, solo busca administrar la dependencia con elegancia. La “estabilidad macroeconómica” que presume es la estabilidad de un país subordinado, donde la deuda crece, los recursos se privatizan y la población queda al margen de las decisiones que determinan su futuro.
El pueblo dominicano merece más que tecnócratas de salón y discursos de propaganda. Merece soberanía real, control de sus recursos y un proyecto de país que no se venda en ferias internacionales de capital. Ir a Dubái a ofrecer “confianza para la inversión” no es liderazgo: es rendición disfrazada de diplomacia.

