La visita de Pete Hegseth es un grave error diplomático. Y es deber de todas las fuerzas revolucionarias del país denunciarlo con firmeza.
Felipe Lora Longo
Revista Dominicana
La visita oficial del nuevo secretario de Defensa de los Estados Unidos, Pete Hegseth, al Palacio Nacional, lejos de ser un “reconocimiento” a los supuestos avances en materia de seguridad, constituye una afrenta directa a la soberanía dominicana y una señal preocupante del rumbo militarista que pretende profundizar el gobierno de Luis Abinader.
Hegseth no es un diplomático tradicional ni un funcionario con trayectoria técnica o respetable dentro del estamento de defensa estadounidense. Muy por el contrario: es un presentador de televisión, un activista de la extrema derecha y una figura que ha cosechado rechazo dentro y fuera de EE. UU. por su discurso de odio, sus posturas antiinmigrantes, su desprecio hacia movimientos sociales y su respaldo abierto a iniciativas que han socavado derechos civiles y libertades democráticas.
Un breve recuento del personaje que Abinader recibe con alfombra roja
Pete Hegseth se hizo famoso como host de Fox & Friends Weekend, espacio desde el cual impulsó teorías conspirativas, propaganda anti-musulmana, ataques virulentos contra Black Lives Matter y la defensa acrítica del uso de la fuerza militar en conflictos internacionales. Su trayectoria como “analista militar” ha sido cuestionada repetidas veces por veteranos de guerra y expertos que señalan su falta de rigor y su hábito de inflamar opiniones sin fundamento.
Su paso por organizaciones como Concerned Veterans for America, vinculada a los intereses más agresivos del complejo militar–industrial, estuvo rodeado de denuncias de irregularidades administrativas y uso cuestionable de fondos. Incluso dentro del propio Partido Republicano, Hegseth ha sido visto como una figura más útil para alimentar a las bases radicalizadas que para construir políticas sensatas de defensa y seguridad.
Ahora, con la nueva ola de nombramientos ideológicos en Washington, Hegseth llega al más alto cargo militar de la nación más poderosa del mundo. Que sea el representante oficial enviado a República Dominicana dice más de la agenda geopolítica de EE. UU. que de cualquier “confianza” real en nuestro país.
Lo que realmente está en juego
El comunicado del gobierno dominicano sugiere que esta visita busca fortalecer la “cooperación contra el narcotráfico” y garantizar la “seguridad regional”. Pero en América Latina conocemos de sobra ese guion: es la misma narrativa que ha acompañado décadas de intervenciones, tutelaje, presiones y condicionamientos políticos.
Mientras tanto, los gobiernos del Norte nunca se responsabilizan por el rol de Estados Unidos —el mayor mercado consumidor de drogas del planeta— en sostener la economía del narcotráfico. Pretenden presentar la región como la fuente del problema, cuando el motor está en Wall Street, en las bancas estadounidenses que lavan capitales y en las políticas fallidas que generan la demanda.
La presencia de Hegseth no es casual. Es parte de la intensificación de la presión militar norteamericana en el Caribe, un espacio donde EE. UU. disputa influencia frente a nuevas potencias globales. Y Abinader, lejos de defender los intereses nacionales, se muestra dispuesto a convertir el país en una plataforma militar y geopolítica ajena a nuestras prioridades.
El desprecio ganado en su propio país también tiene eco en el nuestro
Hegseth representa la versión más grotesca de la política exterior estadounidense: arrogante, ideologizada, ignorante de las realidades latinoamericanas y profundamente insensible a los efectos que las políticas militares han tenido sobre nuestras sociedades.
Su desprecio hacia las comunidades inmigrantes —incluyendo dominicanos—, su postura militarista y su cercanía con sectores supremacistas lo hacen incompatible con cualquier visita que pretenda llamarse de “cooperación”.
Que el presidente Abinader lo reciba como si se tratara de un estadista ejemplar solo confirma la desconexión del actual gobierno con las aspiraciones del pueblo dominicano y su inclinación a buscar legitimidad en Washington en lugar de en las calles de su propio país.
La Izquierda dominicana rechaza esta visita y exige transparencia
El Movimiento de Izquierda Dominicana debe rechazar categóricamente esta visita y denunciar el intento del gobierno de venderla como un “avance” en materia de seguridad. Los acuerdos firmados a espaldas del pueblo, sin debate público, solo profundizarán la dependencia militar del país y la presencia de intereses extranjeros en nuestras instituciones estratégicas.
La seguridad de República Dominicana no se construye de la mano de los halcones de Washington, y mucho menos de un personaje como Pete Hegseth. Se construye con justicia social, con oportunidades, con educación, con instituciones transparentes y con un Estado que responda al interés nacional, no al deseo de agradar a funcionarios desprestigiados de gobiernos extranjeros.
La República Dominicana debe dejar de actuar como satélite político y militar de Estados Unidos. Urge una política exterior soberana, digna, centrada en las necesidades reales del pueblo y no en las presiones de funcionarios que ni siquiera cuentan con respeto dentro de su propio país.
La visita de Pete Hegseth es un grave error diplomático. Y es deber de todas las fuerzas progresistas del país denunciarlo con firmeza.



