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La Izquierda y la gran farsa de la “invasión haitiana’”

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Somos una nación sostenida por sus ausentes.
No podemos hablar de patria mientras medio país quiere irse, y el otro medio vive de los que ya se fueron.


Por Felipe Lora Longo
Revista Dominicana

En la República Dominicana de hoy, defender la dignidad del pueblo haitiano es un acto de rebeldía. Es ponerse de pie frente a una maquinaria racista que alimenta el odio para esconder los verdaderos enemigos del pueblo y la miseria cotidiana que el sistema genera. El Estado, los partidos tradicionales, los empresarios de siempre y sus bocinas mediáticas han convertido a Haití en chivo expiatorio nacional, en un show de humo para ocultar el saqueo, el desempleo, la corrupción y el fracaso del modelo económico.

Y me pregunto, no qué hacen cerca de 600,000 haitianos aquí. Mi pregunta es más profunda, más significativa y más importante: ¿Por qué fueron casi tres millones de dominicanos obligados a irse para sobrevivir?

¿Cómo puede una nación sin guerra, sin ocupación militar, sin un terremoto reciente, tener una diáspora de esa magnitud?
Más aún: ¿cómo puede ese mismo país hablar de “invasión haitiana” cuando cada año expulsa a miles de sus propios hijos por falta de trabajo, salud, educación, techo y dignidad?

Raíces coloniales del antihaitianismo
El antihaitianismo dominicano no es espontáneo. Fue sembrado desde el siglo XIX por la oligarquía criolla blanca y sus ideólogos para proteger sus privilegios y dividir a los pobres. Haití, primera república negra del mundo, nación de esclavos liberados que humilló a los imperios, fue el espejo que nuestras élites quisieron romper.

Y lo hicieron fabricando un mito: el haitiano como amenaza, el dominicano como víctima.
Ese relato permitió borrar hechos esenciales, como la colaboración de ciudadanos de la colonia española (hoy República Dominicana) en la independencia haitiana, o que la abolición de la esclavitud llegó a toda la isla en 1822, cuando Jean-Pierre Boyer expulsó los colonizadores del lado Este de la isla.

Hoy, ese relato persiste en los libros, las escuelas, los medios y hasta en el discurso presidencial, pese a que el 80 % de los dominicanos tiene rasgos afrodescendientes. Negar el origen negro, afrocaribeño y popular de nuestra cultura es una forma de auto-odio inducido por siglos de colonialismo mental.

Nacionalidad negada: república sin hijos
En 2013, la sentencia 168-13 del Tribunal Constitucional rompió con los principios más básicos del derecho humano y del jus soli, despojando de su nacionalidad a decenas de miles de dominicanos hijos de inmigrantes haitianos. Fue una forma de limpieza étnica civil, que convirtió ciudadanos en parias, y echó por tierra décadas de convivencia pacífica en los barrios, los campos, las escuelas.

La posterior Ley 169-14 fue una burla: más burocracia para acceder a una identidad que ya les pertenecía. Hasta la ONU condenó la decisión. Mientras tanto, más de 2.8 millones de dominicanos viven fuera del país, según datos de la OIM y el Banco Central (2024), y sus remesas —que superan ya los 11 mil millones de dólares anuales— sostienen la economía.

Entonces, ¿con qué cara hablamos de “invasión”?
¿Quién invade a quién cuando un país entero depende del sudor de sus exiliados económicos?

El río Masacre: el agua como pretexto del racismo
El escándalo por el canal en el río Masacre fue un ejemplo más de como la oligarquía y los políticos usan el odio y el racismo. Este “bullicio” fue usado como excusa para cerrar la frontera y alimentar un sentimiento xenófobo útil en tiempos de elecciones. Se acusó a Haití de “provocación”, pero se ocultó que del lado dominicano existen al menos 12 derivaciones hidráulicas del mismo río, muchas sin consulta binacional.

Como puede verse, el problema no es el agua, es el control.
Es la idea racista y colonial de que los negros pobres del otro lado no tienen derecho a sembrar, ni a regar, ni a decidir. Es hipocresía pura: nos desgolletamos con decenas de reportes en los medios escritos, televisivos, radiales, y miles de “quejas pagadas” y aumentadas por los tontos útiles en los medios sociales. El odio y el racismo en su clímax, mientras que los ríos son envenenados, el aire contaminado, nuestros bosques destruidos y los recursos nacionales son saqueados por Barrick Gold, Goldquest, Falconbridge, las ARS, los bancos y los mismos políticos de siempre.

Deportaciones: limpieza racial en tiempos de paz
Mientras tanto, las redadas migratorias masivas siguen, especialmente después que Abinader anunció sus “15 Puntos para frenar la inmigración” (solo la de los haitianos). Las cárceles improvisadas en “centros de detención” siguen. Las deportaciones sin debido proceso continúan. En lo que va de 2025, más de 150 mil personas han sido deportadas —según cifras oficiales del DGM—, muchas de ellas menores, embarazadas, trabajadores agrícolas, obreros, estudiantes y hasta dominicanos de piel oscura sin “documentos al día”.

Mientras tanto, la juventud dominicana llena los consulados buscando visa para irse, porque aquí no hay futuro. ¿Qué clase de país expulsa a su gente por necesidad y al mismo tiempo criminaliza a quienes intentan sobrevivir dentro de sus fronteras?

Solo la izquierda puede desenmascarar esta farsa
En la República Dominicana, donde se vive una militarización interna disfrazada de “defensa nacional”, donde el gobierno usa a Haití como chivo expiatorio para ocultar la miseria estructural, solo una izquierda con visión socialista, popular y profundamente caribeña puede ofrecer una salida justa y humana.

Mientras el gobierno gasta miles de millones en propaganda, armas y cámaras térmicas para la frontera, abandona hospitales y las abandona escuelas y expulsa a los jóvenes del campo y los barrios hacia el desempleo o la migración forzada. Se endurecen las leyes migratorias, se multiplican los operativos policiales contra trabajadores pobres, mientras los verdaderos saqueadores —las mineras, los bancos, las ARS— gozan de privilegios fiscales y protección del Estado. Ahora mismos, en Cotuí, la Barrick Gold tiene un contingente mixto  a su disposición reprimiendo a los ciudadanos que luchan por detener la nueva presa de cola.

La derecha habla de “patria” mientras entrega el país al capital extranjero.
La izquierda, en cambio, levanta la voz para decir que la verdadera soberanía se construye con justicia social, no con odio ni exclusiones.

No se resuelve el drama migratorio con redadas ni con vallas. Se resuelve con inversión pública, acceso a servicios básicos, derechos laborales y cooperación entre pueblos vecinos. No es persiguiendo al jornalero ni deportando al niño sin papeles como se construye nación. Es garantizando pan, techo, salud y dignidad para todos, sin importar su apellido o su tono de piel.

Solo una izquierda decidida puede:

  • desenmascarar a los falsos patriotas que viven sembrando miedo para proteger sus negocios,
  • desmontar el racismo de Estado que convierte a ciudadanos pobres en sospechosos permanentes,
  • y construir una nueva relación con Haití basada en solidaridad, respeto y justicia histórica.

Porque el problema no es la migración haitiana: el problema es un sistema que empobrece a dominicanos y haitianos por igual, que criminaliza la pobreza y que gobierna para una minoría mientras vende la patria a pedazos.
Y eso solo puede cambiarlo un pueblo organizado con una izquierda consciente, popular y soberana.

La isla está partida, sí. Pero no por Haití. Está partida por el egoísmo, por el racismo estructural, por la ignorancia sembrada.
Haití no es la amenaza: es el espejo de nuestra propia fragilidad.
El mismo sistema que empobreció a Haití —ocupaciones extranjeras, deudas ilegítimas, saqueo de recursos, golpes orquestados— es el que hoy vende nuestra agua, expulsa a nuestros jóvenes y privatiza nuestra salud.

República Dominicana y Haití no son enemigos.
Son hermanos esclavizados por el mismo orden mundial. Y esa es la verdad que los poderosos quieren silenciar.

Los enemigos de la República no son pobres ni negros, los enemigos son los que llegan en Jets privados y cuando se van se llevan el futuro de ambas naciones.

Finalmente, si defender los derechos del pueblo haitiano es traición, entonces que me llamen traidor.

Porque más traidor es quien entrega este país a las mineras, a las ARS, al FMI, y luego finge ser patriota persiguiendo a un jornalero sin papeles.
Más traidor es quien se arrodilla ante los gringos y le niega el pan a un niño vecino.

Somos una nación sostenida por sus ausentes.
No podemos hablar de patria mientras medio país quiere irse, y el otro medio vive de los que ya se fueron.