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La Izquierda y su Desafío: Romper el Cerco del TSE y Recuperar el Voto Popular

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Felipe Lora Longo y el Presidente del Tribunal Superior Electoral

El mito de la “proporcionalidad” del método D’Hondt

Por Felipe Lora Longo

El presidente del Tribunal Superior Electoral, Ygnacio Pascual Camacho Hidalgo, declaró recientemente que el método D’Hondt “no viola la Constitución”.
Y tiene razón.
El problema no es que la viole; el problema es que la amaestra para servirle al poder.

El método D’Hondt es una forma técnica de disfrazar la desigualdad política con apariencia de legalidad. Es el mecanismo mediante el cual el poder económico y partidario se reviste de aritmética para perpetuarse, consolidando un sistema donde el pueblo vota, pero el resultado lo decide la matemática del privilegio.

Presentado como “proporcional”, el D’Hondt es, en realidad, una fórmula para mantener el control en manos de los grandes partidos: los que ya cuentan con dinero, medios de comunicación y una maquinaria clientelar aceitada con los sobornos y el dinero del pueblo.
Bajo este sistema, el voto de quien al partido en el poder vale más que el de quien respalda una opción izquierdista o popular.
En vez de reflejar la voluntad del pueblo, distorsiona su representación y convierte la democracia en un concurso amañado, donde los grandes siempre ganan y los pequeños, aunque crezcan, nunca llegan a ser representados.

La democracia como simulacro
Lo que hoy vivimos en la República Dominicana no es una crisis de votos, sino de valores democráticos.
Nos han enseñado a medir la democracia en función de la estabilidad institucional, cuando deberíamos medirla por la participación real, el pluralismo y la equidad.

El D’Hondt, junto a otras barreras como el financiamiento desigual, los obstáculos de reconocimiento, los umbrales de representación, y el control mediático, ha convertido el sistema electoral en una máquina de exclusión legalizada.
Cada elección lo demuestra: miles de dominicanos votan fuera del bipartidismo, pero esos votos se pierden, sin voz ni representación.
Y cuando el voto de unos vale más que el de otros, no hay democracia: hay administración del consenso.

Una geometría hecha para excluir
El D’Hondt no fue diseñado para hacer justicia ni para garantizar la participación de los dominicanos. Fue importado para garantizarle la gobernabilidad a los poderosos con la aplicación de un modelo matemático que beneficia en forma desproporcionada los partidos mayoritarios.
En la práctica, este método  asegura que el primer partido se lleve casi todo y el último cuente apenas como estadística.

No hay proporcionalidad real: hay jerarquía institucionalizada.
El sistema crea una geometría del poder donde el peso político se concentra en el centro del bipartidismo dejando las alternativas transformadoras sin espacio ni incidencia.
Así, la “proporcionalidad” se convierte en una máscara matemática que justifica la exclusión.

La izquierda frente al espejo
Durante demasiado tiempo, la izquierda dominicana ha aceptado estas reglas sin convertirlas en bandera de lucha.
Hemos denunciado la corrupción, la desigualdad y la represión, pero no hemos hecho del sistema electoral un frente de combate.
Y sin cambiar las reglas del juego, no hay revolución posible dentro del terreno institucional.

La lucha electoral también es una lucha de clases.
El D’Hondt no solo excluye a partidos: excluye ideas, comunidades y proyectos de país que no caben en el discurso neoliberal.
Por eso, la batalla por una nueva ley electoral es una batalla por la democratización del poder político.

Propuestas para una transformación revolucionaria
La izquierda y todos los partidos minoritarios deben impulsar una agenda mínima de reforma democrática que incluya:

  1. Sustitución del método D’Hondt por un sistema más equitativo, como el Sainte-Laguë, que otorga representación más justa a los partidos pequeños.
  2. Financiamiento público igualitario, para impedir que los grandes partidos se apropien del dinero del pueblo.
  3. Apertura a candidaturas independientes y comunitarias, para que los líderes sociales participen sin depender de estructuras tradicionales.
  4. Fiscalización ciudadana del voto, las campañas y los fondos públicos.
  5. Eliminación del umbral de representación, que hoy impide que los movimientos emergentes accedan al Congreso y los ayuntamientos.

Sin esas transformaciones, seguiremos repitiendo la misma farsa: elecciones competitivas en apariencia, pero controladas en el fondo.

Llamado a la unidad
Desde estas líneas hago un llamado directo y urgente a todos los compañeros y compañeras de los partidos de izquierda.
Ha llegado la hora de dejar atrás la competencia por la pureza ideológica y comenzar a construir una estrategia común.

La historia no absuelve a los que esperan ni perdona a los que se dividen.
La izquierda dominicana no puede seguir funcionando como una colección de pequeños grupos, cada uno defendiendo su parcela doctrinaria o su liderazgo personal, mientras el pueblo sigue sin representación real.
Nadie tiene el monopolio del mandato revolucionario ni el derecho exclusivo de hablar en nombre del pueblo.
Ese mandato se comparte, se construye y se demuestra en la acción colectiva.

Es hora de construir un bloque opositor revolucionario, no de consignas, sino de acción política concreta, que dispute el poder institucional con una sola voz y un solo propósito: recuperar la soberanía del voto y poner la democracia al servicio del pueblo.

Que el método D’Hondt sea el detonante de una nueva conciencia política.
Que la denuncia se transforme en propuesta, y la propuesta en organización.
Porque los pueblos no se liberan con fórmulas, sino con coraje. Y el coraje, hoy, exige unidad, claridad y audacia.

Compañeros: la hora ha llegado.
O construimos juntos el bloque del pueblo, o seguiremos siendo los mártires de una democracia que no nos cuenta.