“La defensa de Cuba s una causa latinoamericana. Es una causa del Sur global. Es una causa de toda la humanidad”.
Hay momentos en la historia en que el silencio cómplice se convierte en crimen. Este es uno de esos momentos. Mientras el mundo mira hacia otros conflictos, una pequeña isla del Caribe está siendo sometida a una de las operaciones de asfixia económica más largas, sistemáticas e ilegales de la historia moderna. Hablamos de Cuba. Hablamos de la Revolución que desde 1959 desafía al poder más grande del planeta. Hablamos de un pueblo que, durante más de seis décadas, ha decidido vivir sin arrodillarse ante el imperio.
Y hoy, ese pueblo está al límite.
El bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por los Estados Unidos no es una política de presión diplomática. Es una guerra no declarada contra una población civil. Los números lo confirman sin lugar a dudas: según el informe presentado por el canciller cubano Bruno Rodríguez Parrilla en septiembre de 2025, solo entre marzo de 2024 y febrero de 2025, el bloqueo causó daños estimados en 7.556 millones de dólares, un incremento del 49% respecto al período anterior. En total, tomando como referencia el valor del oro en el mercado internacional, los perjuicios acumulados durante más de seis décadas superan los 2,1 billones de dólares.
Estas no son cifras abstractas. Cinco días de bloqueo equivalen al financiamiento necesario para reparar una central termoeléctrica —100 millones de dólares—, como la Antonio Guiteras en Matanzas o la Carlos Manuel de Céspedes en Cienfuegos. Dieciséis días de bloqueo, con daños de 339 millones de dólares, equivalen al financiamiento del Cuadro Básico de Medicamentos para toda la población cubana, 651 renglones, de los cuales el 69% sufre afectaciones. El bloqueo paga en oscuridad: entre 2024 y 2025, la generación eléctrica enfrentó una aguda crisis, con afectaciones de más de 1.500 megawatts diarios, incluidas cinco desconexiones totales del sistema nacional.
Este asedio, además, se extiende más allá de las fronteras cubanas. Cuarenta bancos extranjeros se negaron a realizar operaciones con Cuba, rechazando 140 transferencias, eso es lo que significa el carácter extraterritorial del bloqueo: ningún país del mundo puede comerciar libremente con la isla sin arriesgarse a las represalias de Washington.
Esta política no es nueva, pero sí se ha vuelto más cruel. Desde el triunfo de la Revolución, Washington comprendió que una Cuba soberana era un peligro simbólico demasiado grande para su dominio hemisférico. No por su poder militar ni por su tamaño, sino por el ejemplo: una pequeña nación que demostraba que era posible priorizar la salud, la educación y la dignidad humana por encima de las ganancias.
Por eso el bloqueo ha sido total, despiadado y, sobre todo, deliberado.
Y, sin embargo, Cuba resistió. A pesar de ese asedio, el país construyó uno de los sistemas de salud pública más admirados del mundo. Erradicó el analfabetismo en los primeros años de la Revolución, garantizó educación gratuita en todos los niveles y alcanzó indicadores sociales comparables con los países desarrollados. Mientras muchas naciones pobres quedaban atrapadas en ciclos de deuda, hambre y desigualdad, Cuba apostó por la dignidad humana.
Pero quizás el rasgo más extraordinario de la Revolución no ha sido solo lo que hizo por su propio pueblo, sino lo que hizo por los demás. Cuando epidemias devastaron regiones pobres del planeta, médicos cubanos estuvieron allí. Cuando países africanos luchaban por su independencia, Cuba ofreció apoyo político y humano. Cuando terremotos, huracanes y pandemias golpearon pueblos vulnerables, brigadas médicas cubanas cruzaron océanos para salvar vidas que ninguna potencia occidental se dignó socorrer. La solidaridad internacionalista es la marca moral de esta Revolución.
Hoy esa misma Cuba solidaria necesita solidaridad.
Y aquí está el punto que no puede perderse de vista, porque es el corazón de todo: lo que se le hace a Cuba no es un asunto cubano. Es una advertencia para todos los pueblos del Sur.
La comunidad internacional lo entiende. Lo entiende tan claramente que la Asamblea General de la ONU ha rechazado el bloqueo durante 32 años consecutivos. En 2024, la resolución obtuvo 187 votos a favor y únicamente dos en contra: Estados Unidos e Israel. Es la condena internacional más sostenida, más reiterada y más ignorada de la historia reciente. Washington no cambia su política. Simplemente la recrudece. Y ahora, con Trump de regreso en la Casa Blanca, presiona además a otros gobiernos para que se sumen a su cruzada. El canciller Rodríguez Parrilla denunció la existencia de una “campaña brutal de presiones político-diplomáticas” orquestada por altos funcionarios estadounidenses, incluyendo al secretario de Estado Marco Rubio y embajadores en diversas regiones, para modificar los votos de países soberanos en la ONU.
Esto es lo que está en juego: la soberanía de todos. Si Washington puede asfixiar a Cuba durante 60 años en total impunidad, y además puede presionar a otros países para que aplaudan ese crimen, entonces ningún pueblo del Sur está a salvo. El mensaje es claro: quien se atreva a construir un camino propio, independiente del capital transnacional y de los dictados geopolíticos de las potencias, recibirá el mismo trato.
La caída de Cuba sería celebrada en los centros de poder financiero del mundo como la derrota definitiva de la posibilidad de que el ser humano, y no el mercado, esté en el centro de la economía. Por eso la defensa de Cuba no es una causa exclusivamente cubana.
Es una causa latinoamericana. Es una causa del Sur global.
Es una causa de toda la humanidad.
Defender a Cuba hoy significa defender la posibilidad de un mundo donde la salud no sea un negocio. Donde la educación no sea un privilegio. Donde la vida humana tenga más valor que los balances de las corporaciones.
La solidaridad no puede quedarse en discursos. Debe convertirse en acciones concretas: campañas internacionales contra el bloqueo, intercambio comercial solidario que desafíe las sanciones extraterritoriales, cooperación médica y científica, brigadas de apoyo, y donaciones de alimentos, medicamentos y equipos esenciales. Más del 80% de los ciudadanos de la isla han nacido bajo la influencia directa de estas restricciones, generaciones enteras que no conocen otro mundo que el del asedio. Ellos no merecen que el mundo los abandone.
Los pueblos del mundo tienen el deber moral de impedir que el asedio logre lo que no ha podido lograr en más de sesenta años: doblegar la voluntad del pueblo cubano.
Cuba debe sobrevivir. Y sobrevivirá.
Porque su resistencia no es solo política; es histórica. Está anclada en la dignidad de un pueblo que decidió ser libre. Si Cuba resiste —y todo indica que resistirá— seguirá siendo una luz para los pueblos que luchan contra la injusticia y la explotación.
Hoy más que nunca debemos decirlo con claridad:
No al bloqueo.
No a la asfixia económica.
No a la arrogancia imperial.
Que viva Cuba soberana.
Que viva la solidaridad entre los pueblos.
Y que viva la esperanza de un mundo más justo.

