El legado ambiental, social y económico que la industria del aluminio dejó en el territorio.
Por Felipe Lora Longo
Revista Dominicana
Antes de celebrar las tierras raras que podrían existir debajo de las montañas de Pedernales, convendría mirar hacia atrás.
Pedernales ya vivió una gran promesa minera.
Se llamaba bauxita.
ALCOA comenzó los trabajos de exploración en la región en la década de 1940 y la explotación comercial arrancó a finales de los años cincuenta. Durante décadas, la actividad minera transformó profundamente esa provincia fronteriza. Documentos oficiales dominicanos reconocen incluso que, alrededor de dichas operaciones, se produjo una importante concentración de población y de actividad económica.
Es importante reconocerlo porque no necesitamos inventar la historia para cuestionarla.
La minería generó empleos e infraestructura.
La pregunta es otra:
¿Qué quedó cuando se agotó el mineral y se marchó la empresa?
Cuando ALCOA se fue
El 30 de marzo de 1984, ALCOA comunicó formalmente al Gobierno dominicano su renuncia a la concesión de explotación de bauxita porque, según la propia compañía, ya no era posible mantenerla en condiciones económicamente viables.
El Estado declaró entonces reserva fiscal minera el área que había ocupado la concesión.
Pero ALCOA no dejó solamente terrenos disponibles para nuevas explotaciones.
Dejó también un problema que décadas después todavía aparecía en los documentos oficiales:
Un pasivo ambiental/un compromiso financiero.
El portal oficial de Transparencia de las Industrias Extractivas de República Dominicana informa que, tras el cierre de operaciones, quedaron depósitos de bauxita abiertos y disponibles para el Estado. Más revelador todavía es lo ocurrido años después.
Cuando el Gobierno firmó nuevos contratos para extraer aquella bauxita, reconoció expresamente que los terrenos provenientes de las antiguas operaciones se encontraban abiertos, descapotados y erosionados desde tiempos de ALCOA.
Posteriormente, en los contratos con Sierra Bauxita Dominicana y Nova Mining, el propio Estado dominicano reconoció la existencia de un pasivo ambiental derivado de las explotaciones anteriores de ALCOA.
¿Quién asumió la responsabilidad?
El Estado dominicano.
Es decir: nosotros.
Uno de esos contratos estableció expresamente que el Estado asumiría los gastos derivados de aquel pasivo ambiental. Otro reconoció nuevamente su existencia y eximió a la empresa contratista posterior de responsabilidad por los daños anteriores.
Ese detalle debería enseñarse en las escuelas de Pedernales.
Porque resume buena parte de nuestra historia extractiva:
La riqueza se extrae durante décadas, pero cuando llega la hora de reparar los daños, el pueblo aparece cargando con la factura.
El mineral se va; el territorio se queda
Después de ALCOA, la explotación de bauxita continuó a cargo de otras compañías.
También continuó con la lógica de extracción y exportación.
Un estudio oficial sobre las industrias extractivas describió precisamente el modelo seguido en Pedernales: el Estado, propietario de los yacimientos, firmaba contratos con compañías privadas que extraían y exportaban la bauxita a cambio de pagos por tonelada.
Posteriormente se estableció que parte de las regalías llegara a Pedernales: 20 % para el Patronato para el Desarrollo de la Provincia y 5 % para el Ayuntamiento.
Eso demuestra algo importante.
No sería correcto afirmar que Pedernales nunca recibió absolutamente nada de la minería.
Pero precisamente por eso debemos plantear una pregunta más seria:
¿Fueron esos beneficios proporcionales al valor extraído, a las alteraciones sufridas por el territorio y a los costos ambientales acumulados?
Esa es la discusión que importa.
La lección no es rechazar todo conocimiento
Ahora Pedernales vuelve a ocupar titulares.
Esta vez no se habla simplemente de bauxita.
Se habla de elementos de tierras raras, como el escandio y el galio: materias primas estratégicas utilizadas en tecnologías avanzadas, sistemas energéticos, semiconductores y aplicaciones militares.
El Gobierno ha confirmado depósitos brutos preliminares superiores a 150 millones de toneladas de material asociado al proyecto de tierras raras y ha anunciado que, después de determinar los recursos y certificar las reservas, vendrían la explotación y el refinamiento.
Y entonces la experiencia de ALCOA deja de ser historia.
Se convierte en advertencia.
No debemos concluir que toda minería futura será necesariamente igual.
Pero tampoco podemos aceptar nuevamente promesas sin memoria.
Antes de hablar de explotación responsable, deberíamos saber cuánto costará terminar de reparar lo que dejaron las explotaciones anteriores.
Antes de entregar nuevas responsabilidades al Estado, deberíamos conocer cuáles responsabilidades antiguas siguen pendientes.
Antes de celebrar las posibles riquezas de Pedernales, deberíamos preguntarnos qué convirtió la riqueza previa en desarrollo permanente y qué terminó convirtiéndose en un pasivo.
El país debe recordar
Lo ocurrido con ALCOA nos deja una enseñanza sencilla.
Una compañía puede llegar.
Puede extraer durante décadas.
Puede generar empleos.
Puede marcharse cuando la explotación deja de ser rentable.
Pero la comunidad permanece.
Los ríos permanecen.
Los campesinos permanecen.
Las montañas permanecen.
Y también permanecen los daños que nadie reparó.
Por eso, cuando alguien anuncie que debajo de Pedernales existe una nueva riqueza extraordinaria, no debemos preguntar solamente:
¿Cuánto vale?
Debemos preguntar:
¿Qué quedará en Pedernales cincuenta años después de haberla extraído?
Esa debería ser la primera prueba de cualquier proyecto que pretenda llamarse desarrollo.
Porque una nación que olvida cómo perdió sus riquezas está condenada a entregarlas de nuevo.
Y Pedernales no puede darse ese lujo.
En la próxima entrega: por qué Estados Unidos y la Unión Europea están mirando hacia las tierras raras de Pedernales y por qué este es el momento de exigir respuestas, antes de que comiencen las explotaciones.

