Por Felipe Lora Longo
Revista Dominicana
Al pueblo trabajador le han repetido durante años una misma consigna: que el socialismo murió, que la izquierda no existe, que ya no hay alternativas y que el capitalismo es el único camino posible.
Ese discurso no nació de manera espontánea ni inocente. Ha sido sembrado, financiado y reproducido por agentes locales del capital: políticos, empresarios, opinadores, burócratas y comunicadores que han traicionado conscientemente los intereses del pueblo para servir a las élites económicas nacionales y extranjeras.
Nos lo dicen los mismos que viven de nuestro trabajo, los mismos que concentran la riqueza, los mismos que nunca llegan a fin de mes… porque nunca tienen que hacerlo. Pero hay algo que no cuadra en ese discurso. Si el socialismo está muerto, ¿por qué gastan billones en propaganda, en campañas de miedo, en persecución ideológica, en censura y en mentiras para impedir que la gente siquiera lo piense?
El socialismo no es un recuerdo del pasado ni una consigna extranjera. El socialismo nace cada vez que un trabajador se pregunta por qué produce tanto y recibe tan poco. Nace cada vez que un barrio se organiza para defender su agua, su tierra o su dignidad. Nace cada vez que una juventud se niega a aceptar un futuro de miseria como algo normal. Nace cuando el pueblo deja de tener miedo y empieza a pensar.
Por eso dicen que el socialismo murió. Porque quieren que usted no lo imagine. Porque saben que una idea comprendida por las mayorías se convierte en fuerza material. Porque temen el día en que el pueblo deje de repetir lo que dicen los medios y empiece a decir lo que vive en carne propia.
Nadie combate lo inexistente. Nadie persigue un cadáver. Nadie invierte tanto esfuerzo en una idea que no representa peligro. Lo que ocurre es exactamente lo contrario: el socialismo no murió, lo que murió fue la tranquilidad de los ricos. Murió la seguridad de que podían seguir explotando sin ser cuestionados. Murió la ilusión de que el pueblo aceptaría para siempre salarios de miseria, trabajos precarios, servicios privatizados, tierras saqueadas y que le robaran eternamente el futuro de sus hijos.
El capitalismo necesita que el pueblo crea que no hay alternativa. Esa es su mayor mentira. Porque el día que el trabajador entienda que su pobreza no es culpa suya, que el salario no alcanza porque el sistema está hecho para que no alcance, que la riqueza de unos pocos existe porque se extrae del sudor de la mayoría, ese día nace algo peligroso para los poderosos: la conciencia de clase. Y contra eso no hay policía, ni ejército, ni campaña mediática que valga.
Nos han repetido hasta el cansancio que el socialismo fracasó, que la izquierda no existe, que eso es cosa vieja. Pero hay una pregunta sencilla que desmonta esa mentira:
si el socialismo está muerto, ¿por qué le tienen tanto miedo?
¿Por qué gastan millones en propaganda, en campañas de miedo, en persecución ideológica, en censura? Nadie persigue un muerto. Nadie combate lo que no representa peligro. Lo que pasa es que el socialismo no murió; lo que murió fue la tranquilidad de los ricos.
Y la historia lo demuestra clarito. Cada vez que un pueblo intenta salirse del libreto del capitalismo, la respuesta no es respeto ni democracia: es castigo. A Chile, cuando eligió un camino socialista por voto popular, le respondieron con un golpe sangriento. A Cuba, por atreverse a decidir su propio rumbo, la castigan desde hace décadas con un bloqueo criminal. Y a nosotros mismos, aquí en República Dominicana, cuando en 1965 el pueblo se levantó para defender la Constitución y la soberanía, le respondieron con una invasión extranjera para aplastar la voluntad popular.
¿Y hoy? Hoy usan otros métodos, pero la intención es la misma. Ya no siempre mandan marines; ahora mandan sanciones, chantaje financiero, guerra mediática, persecución judicial, mentiras en redes, ONGs maquilladas y políticos comprados. Primero asfixian a los pueblos que quieren un camino distinto y después les dicen: “¿ves? no pueden gobernarse”. Primero te rompen las piernas y luego se burlan porque no caminas.
Eso demuestra algo importante: no atacan al socialismo porque fracasó, sino porque puede volver a nacer. Porque saben que si un solo pueblo demuestra que se puede vivir sin arrodillarse al capital, el ejemplo se riega. Y el ejemplo es contagioso. Eso es lo que realmente les da miedo.
El capitalismo necesita que el pueblo crea que no hay alternativa. Esa es su mayor mentira. Porque el día que el trabajador entiende que su pobreza no es culpa suya, que el salario no alcanza porque el sistema está hecho para que no alcance, que la riqueza de unos pocos sale del trabajo de muchos, ese día empieza a cambiar todo. Cuando el pueblo entiende, pierde el miedo. Y cuando pierde el miedo, empieza a organizarse.
Por eso atacan al socialismo con tanta rabia. No porque gobierne en muchos países, sino porque explica lo que vivimos todos los días. Explica por qué sube el precio del arroz pero no el sueldo. Explica por qué hay barrios sin agua mientras las empresas se la llevan. Explica por qué los jóvenes estudian y aun así no consiguen trabajo digno. Explica por qué el chiripero se mata trabajando y sigue en olla. Y una idea que explica la vida del pueblo es una idea peligrosa para los que viven del abuso.
En países como el nuestro, el miedo de las élites es mayor todavía. Aquí el capitalismo no puede esconderse detrás de cuentos. Aquí se ve clarito: trabajo precario, servicios privatizados, tierra entregada, barrios olvidados, juventud sin futuro. Por eso aquí el anticomunismo es más agresivo, más desesperado. No es ideología: es defensa de privilegios.
El socialismo no es un libro viejo ni una palabra rara. El socialismo nace cada vez que un obrero se pregunta por qué produce tanto y recibe tan poco. Nace cuando un barrio se organiza para defender su agua, su tierra o su dignidad. Nace cuando una madre se cansa de que sus hijos no tengan oportunidades. Nace cuando el pueblo deja de aguantar callado.
Por eso dicen que el socialismo murió. Porque quieren que usted no lo imagine. Porque saben que una idea que entra en la cabeza del pueblo se convierte en fuerza real. Pero ya es tarde. La mentira se está cayendo. El miedo se está agotando. Y cuando el miedo se acaba, los pueblos se levantan.
Así que no nos engañen más.
El socialismo no está muerto.
Lo que está muriendo es la paciencia del pueblo.
Y por eso decimos, sin vergüenza y sin pedir permiso:
el socialismo “ha muerto”. ¡Larga vida al socialismo!

