La primera revolución comienza por uno mismo
Guía práctica para dejar de esperar y empezar a organizar en tu comunidad
Por Felipe Lora Longo
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17/8/26
Hay una pregunta que todo miembro de la izquierda dominicana debería hacerse antes de acostarse:
¿Qué hice hoy y qué haré mañana por mi comunidad, por mi organización —si pertenezco a una— y por mi país?
No qué debería hacer el Comité Central. No qué tendría que decidir la dirección. No cuándo llegará la unidad. Ni qué hará el pueblo cuando finalmente “despierte”.
La pregunta es más cercana, más incómoda y mucho más difícil de evadir:
¿Qué hice yo?
Si terminamos el día sin poder mencionar una conversación, una visita, una tarea cumplida, una hora de estudio, un problema investigado o una pequeña acción comunitaria, debemos reconocer que existe una distancia entre lo que decimos defender y lo que realmente hacemos.
Esa distancia no se supera con otra consigna. Se comienza a superar mediante la autocrítica.
El problema siempre parece estar en otra parte
Los miembros de la izquierda dominicana conocemos muy bien las razones de nuestros fracasos.
Decimos que las direcciones no orientan, que las organizaciones están divididas, que faltan recursos, que los medios de comunicación nos cierran las puertas, que la gente no entiende, que el pueblo está desmovilizado y que las condiciones todavía no están maduras.
En Navidad no se puede porque la gente está celebrando. En Semana Santa tampoco. Durante las elecciones muchos nos ausentamos de los barrios y nos sentamos a esperar los resultados que ya conocíamos. Cuando llegan las vacaciones, todo el mundo está ocupado. Y cuando ninguna de esas razones está disponible, decimos que primero debemos alcanzar la unidad de la izquierda.
Así podemos pasar otro año completo.
Algunas dificultades son reales. La izquierda dominicana enfrenta divisiones, debilidad organizativa, falta de recursos y una relación insuficiente con amplios sectores populares. Pero reconocer esos obstáculos no puede convertirse en una justificación permanente para no hacer lo que sí está en nuestras manos.
La autocrítica comienza cuando cambiamos la pregunta.
En lugar de preguntar solamente qué hicieron mal los dirigentes, el partido, las demás organizaciones o el pueblo, debemos preguntarnos:
¿Qué hice durante los últimos treinta días para conocer, servir u organizar mi comunidad?
¿A cuántos vecinos nuevos escuché? ¿Qué responsabilidad cumplí? ¿Qué problema ayudé a estudiar? ¿A qué persona invité a participar? ¿Qué capacidad puse al servicio de otros?
¿Qué aprendí y qué compartí?
Si no podemos responder, el problema no está únicamente en la dirección. Una parte del problema también está en nosotros.
Autocrítica no significa castigarnos
La autocrítica revolucionaria no consiste en declararnos culpables de todo. Tampoco significa ignorar los errores de las direcciones ni aceptar decisiones equivocadas en nombre de la disciplina.
Consiste en separar tres campos.
Primero, aquello que no controlamos. Segundo, aquello sobre lo cual podemos influir. Y tercero, aquello que depende directamente de nosotros.
No podemos controlar por nuestra cuenta las decisiones nacionales de una organización. Tampoco podemos imponer la unidad de la izquierda ni cambiar de inmediato las relaciones de poder existentes.
Pero sí podemos cumplir una responsabilidad postergada, estudiar un problema de nuestra comunidad, llamar a un compañero que se ha alejado, conversar con un vecino que no piensa como nosotros, visitar una junta de vecinos, un club deportivo, una asociación de madres o una organización comunitaria.
Podemos enseñar algo que sabemos, escuchar a una familia afectada por la falta de agua, los apagones, el desempleo, la inseguridad o el deterioro de una escuela.
Nada de eso requiere condiciones perfectas.
Nuestra primera tarea está precisamente en ese tercer campo: lo que depende de nosotros.
El escondite detrás del dirigente
Existen decisiones que deben esperar una orientación colectiva. Ningún militante debe atribuirse la representación de su organización, comprometerla públicamente o hablar en su nombre sin autorización.
Pero respetar la disciplina no significa renunciar a la iniciativa.
Cuando esperar órdenes se convierte en una costumbre, dejamos de ver todo lo que podríamos hacer responsablemente. Terminamos usando al dirigente como escondite.
“Yo actuaría, pero:
- me han orientado.
- el partido no ha trazado la línea.
- todavía no se ha decidido nada.
Así se construye una militancia dependiente: dirigentes sobrecargados que pretenden decidirlo todo y miembros que entregan hacia arriba hasta las responsabilidades más sencillas.
Después criticamos el caudillismo, pero lo alimentamos desde ambos lados.
El caudillismo no desaparece solamente cuando quien dirige aprende a delegar. También comienza a desaparecer cuando los demás dejan de entregar a la dirección las responsabilidades que pueden asumir por sí mismos.
No necesitamos permiso para escuchar, estudiar, servir, participar, enseñar, acompañar una reclamación justa o proponer una actividad pequeña. Lo que necesitamos es criterio para distinguir entre una iniciativa responsable y una decisión que compromete a toda la organización.
Actuar no es sustituir a la dirección. Es dejar de utilizarla como excusa para la inmovilidad.
La pregunta del espejo
Hay una prueba sencilla que puede ayudarnos a evaluar nuestra práctica:
¿Soy yo el tipo de militante que quisiera encontrar si llegara hoy por primera vez a mi organización o a mi comunidad?
- ¿Encontraría una persona que cumple lo que promete?
- ¿Alguien que conoce los problemas de su sector?
- ¿Una persona que escucha antes de responder?
- ¿Alguien que mantiene contacto con personas fuera de su círculo político?
- ¿Una compañera o un compañero que estudia, propone y da seguimiento?
- ¿O encontraría a otra persona que asiste a reuniones, comparte publicaciones, repite consignas y espera instrucciones?
La respuesta no debe darse para impresionar a nadie. No estamos llenando una ficha para solicitar un cargo. Estamos tratando de descubrir nuestro punto de partida.
Podemos comenzar con preguntas todavía más concretas.
- ¿Cuántas horas dedicamos durante una semana normal al servicio y la organización de nuestra comunidad?
- ¿Cuántas dedicamos a reuniones internas, discusiones entre compañeros o redes sociales?
- ¿Cuántos vecinos conocemos por su nombre?
- ¿Y cuántos de ellos están fuera de nuestro círculo militante?
- ¿Qué problema concreto de nuestro barrio estamos ayudando a resolver?
No basta con decir que trabajamos “por el pueblo” si no podemos nombrar a las personas con quienes trabajamos ni señalar una necesidad concreta a la cual estamos dando seguimiento.
También los independientes deben responder
Esta reflexión no se dirige solamente a quienes pertenecen a un partido.
También interpela al revolucionario independiente que critica a todas las organizaciones, desconfía de todos los dirigentes y permanece esperando que aparezca una izquierda perfecta.
Es posible tener razones legítimas para no pertenecer a una organización. Lo que no se puede justificar es convertir la independencia en inmovilidad.
Quien no posee un carné también vive en una comunidad. Tiene vecinos, conocimientos y capacidades. Puede participar en una junta de vecinos, respaldar una lucha ambiental, colaborar con una asociación de madres, ayudar a estudiantes, investigar una necesidad o acompañar una reclamación.
No estar organizado no significa estar condenado a permanecer sentado sobre las manos.
La espera de la organización perfecta puede ser tan paralizante como la espera de una orden.
La autocrítica debe terminar en una acción
En la izquierda hemos convertido muchas veces la autocrítica en un documento, un discurso o una ceremonia.
Reconocemos errores, señalamos debilidades y prometemos corregirlas. Después regresamos a la misma conducta.
La autocrítica verdadera debe producir un cambio observable.
- Si descubrimos que no conocemos nuestra comunidad, debemos comenzar a caminarla y escucharla.
- Si reconocemos que incumplimos compromisos, debemos cumplir uno.
- Si advertimos que hablamos solamente con quienes piensan como nosotros, debemos acercarnos a alguien fuera de nuestro círculo.
- Si notamos que pasamos más tiempo comentando noticias que organizando, debemos reorganizar nuestro tiempo.
- Si esperamos instrucciones para todo, debemos asumir una responsabilidad que esté dentro de nuestras posibilidades.
Una autocrítica que no termina en una conducta nueva es apenas una confesión.
Una tarea para mañana
No intentemos corregirlo todo de una vez. Escojamos una responsabilidad concreta que hemos postergado y cumplámosla.
Después, identifiquemos un hábito que limita nuestra iniciativa: esperar instrucciones, incumplir, hablar demasiado, escuchar poco, abandonar tareas, no dar seguimiento o permanecer encerrados entre las mismas personas.
Definamos una medida sencilla para comenzar a cambiarlo.
Podemos también pedirle a una persona de confianza que nos diga qué aspecto de nuestra práctica deberíamos mejorar. La condición es escucharla sin interrumpirla, justificarnos o responder inmediatamente.
Finalmente, escribamos tres capacidades que podemos poner al servicio de otros. Quizás sabemos enseñar, redactar una carta, reparar algo, organizar una reunión, orientar una gestión, usar herramientas digitales, cuidar niños, cultivar alimentos o escuchar con paciencia.
Toda persona posee alguna capacidad útil. El primer paso es dejar de pensar solamente en lo que nos falta y reconocer lo que ya podemos aportar.
La primera revolución
La izquierda dominicana necesita organización, formación, recursos, renovación, estrategia y una relación mucho más profunda con el pueblo. Pero ninguna de esas necesidades será satisfecha por militantes acostumbrados a esperar que alguien les diga qué hacer.
La transformación colectiva no comienza ni termina en el individuo. Sin embargo, siempre necesita personas dispuestas a asumir su parte.
La primera revolución no ocurre en el Palacio Nacional. Tampoco en el local del partido ni en una gran asamblea.
Comienza frente al espejo, cuando dejamos de explicar todo por los errores ajenos y reconocemos lo que está en nuestras manos.
Esta noche, antes de acostarnos, hagámonos tres preguntas:
- ¿Qué hice durante los últimos treinta días?
- ¿Qué responsabilidad he estado evitando?
- ¿Qué haré mañana?
No necesitamos responder con una hazaña.
Necesitamos responder con una acción.

