No basta con declararse del lado del pueblo: hay que ser útil, estar presente y ayudar a organizar
Por Felipe Lora Longo
Revista Dominicana
Durante mucho tiempo hemos definido al revolucionario por su identidad política.
Preguntamos en qué organización milita, cuántos años lleva en la lucha, qué libros ha leído, en cuántas marchas ha participado o qué cargo ha ocupado dentro de su organización.
La formación política, la experiencia y la participación en las luchas populares tienen valor. También merecen respeto los sacrificios de generaciones que padecieron persecución, cárcel, exilio y desempleo por defender sus convicciones.
Pero la trayectoria no puede sustituir indefinidamente la práctica actual.
Se puede llevar cuarenta años hablando de revolución y no conocer a veinte vecinos por su nombre. Se puede asistir a todas las reuniones del partido y no participar en la solución de un solo problema comunitario. Se puede denunciar diariamente al gobierno, al imperialismo y a la corrupción, pero permanecer ausente cuando el barrio intenta organizarse.
Por eso debemos preguntarnos:
¿Qué significa ser revolucionario hoy?
No se trata de decidir quién merece llamarse revolucionario ni de crear otro tribunal ideológico. La pregunta es más útil:
¿Qué práctica necesita hoy el pueblo de quienes nos llamamos revolucionarios?
La comunidad no nos conoce por nuestro currículum político. Nos conoce por nuestra conducta.
Observa si cumplimos, escuchamos, regresamos después de una reunión, ayudamos cuando aparece un problema y sabemos trabajar con personas que piensan diferente.
El vecino que necesita agua no pregunta primero qué corriente ideológica representamos. La madre, preocupada por la escuela, no necesita escuchar todas nuestras posturas antes de recibir apoyo.
Esto no significa abandonar las ideas. Significa convertirlas en una práctica que el pueblo pueda reconocer.
Una idea revolucionaria que nunca produce conducta, organización y fuerza popular corre el peligro de convertirse en decoración política.
Te reto a hacerte esta incómoda pregunta:
Si te ausentas durante seis meses de tu comunidad, ¿alguien notaría tu ausencia? ¿Por qué?
¿Quedaría una tarea o un proyecto sin seguimiento? ¿Algún grupo dejaría de reunirse? ¿Algún reclamo sería abandonado? ¿Alguien diría que haces falta porque cumples, escuchas y sabes reunir a la gente?
El objetivo no es convertirnos en personas indispensables. Una organización que depende completamente de un individuo es débil.
La prueba verdadera no es cuántas cosas hacemos personalmente, sino cuántas relaciones ayudamos a organizar, cuántas capacidades contribuimos a desarrollar y qué continuará funcionando cuando no estamos presentes.
El servicio no sustituye la política
Una iglesia, una fundación o un partido clientelista también puede distribuir alimentos, limpiar una calle o ayudar a obtener un servicio. Eso no los convierte en revolucionarios.
La política revolucionaria necesita conciencia, organización y un proyecto para transformar las estructuras que producen explotación, desigualdad, dependencia y pérdida de soberanía.
Pero esa transformación tampoco se construye solo con documentos, consignas y acuerdos entre dirigentes.
El servicio desorganizado puede derivar en asistencialismo. El discurso revolucionario, sin presencia ni servicio, termina en el aislamiento.
El clientelismo ayuda a generar dependencia y lealtad personal. El organizador revolucionario comparte conocimientos y ayuda a la comunidad a reclamar derechos, a actuar colectivamente y a depender menos de intermediarios.
Las acciones pequeñas no sustituyen la lucha nacional. Son parte del terreno en el que comienza a formarse la fuerza social capaz de sostenerla.
Visibilidad no siempre significa organización
Publicar comunicados, organizar marchas, celebrar reuniones y difundir denuncias pueden ser necesarios. Una publicación puede incidir en el ámbito político y una movilización puede modificar la situación nacional.
El problema surge cuando confundimos la visibilidad con la organización.
Una marcha puede reunir a una multitud y no dejar un solo grupo organizado. Una reunión puede durar tres horas y terminar sin tareas, responsables ni una próxima fecha. Una publicación puede alcanzar a muchas personas sin construir ninguna relación duradera.
También debemos reconocer que no toda actividad comunitaria se organiza. Limpiar una calle o acompañar una gestión puede ser útil, pero si la comunidad continúa dependiendo de nosotros para repetirlo, quizás solo resolvimos una necesidad sin desarrollar el poder popular.
La pregunta es qué dejan nuestras acciones después de terminar:
¿Una relación nueva? ¿Una responsabilidad compartida? ¿Una persona mejor preparada? ¿Un grupo capaz de continuar?
No necesitamos héroes
Nuestra tradición política está marcada por la espera del gran líder, del dirigente capaz de unir a todos o del candidato que “jale gente”.
Esa cultura también existe en la izquierda. Unas pocas personas terminan haciéndolo todo mientras las demás observan, obedecen o critican.
Pero una organización en la que tres personas resultan indispensables es extremadamente frágil. Si una se enferma, se muda o se cansa, todo se detiene.
No necesitamos más héroes. Necesitamos muchas personas capaces de escuchar, convocar, estudiar un problema, compartir responsabilidades y formar a otras.
El dirigente revolucionario no se mide por cuántas personas dependen de él, sino por cuántas aprendieron a actuar gracias a su acompañamiento.
Una reto para esta semana
Revisemos nuestras últimas cinco acciones políticas.
¿Cuántas fueron principalmente de visibilidad o de discurso? ¿Cuántas ofrecieron un servicio concreto? ¿Cuántas dejaron una relación, una responsabilidad o una nueva capacidad?
Después busquemos a un vecino que no milite y hagámosle dos preguntas:
¿Qué necesita esta comunidad?
¿Qué esperaría usted de alguien a quien se llama revolucionario?
Escuchemos sin corregirlo ni convertir la conversación en un debate.
Finalmente, realicemos una acción útil, cumplamos un compromiso pendiente y escribamos qué queremos que la comunidad asocie con nuestra conducta, no solo con nuestro discurso.
Una definición para nuestro tiempo
Ser revolucionario hoy no significa abandonar la teoría, la conciencia de clase ni la lucha por el poder político. Tampoco significa conformarse con resolver pequeños problemas mientras sus causas permanecen intactas.
Significa impedir que nuestras grandes aspiraciones se separen de la práctica cotidiana y del trabajo organizado junto al pueblo.
El revolucionario que necesitamos estudia, pero también escucha; denuncia, pero también sirve; toma la iniciativa, pero no actúa como dueño de la comunidad; dirige cuando corresponde, pero forma a otros para que puedan sustituirlo.
No busca que el pueblo dependa de él. Trabaja para que el pueblo descubra, organice y ejerza su propia fuerza.
Todo lo demás debe demostrarse en la práctica.

